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¡Oye tú!


¡Oye tú!

con los ojos cerrados y que dejas la injusticia y el sufrimiento de otros

que sigan sin molesta.

 

¡Oye tú!

con las manos sobre los oídos queriendo tapar con tu sordera

los gritos y llantos de los que por hambre lloran.

 

¡Oye tú!

con la boca sin lengua y que con tu mudez permites sin protesta

la matanza de tanta inocencia.

 

¡Oye tú!

que invisible te crees y que pretendes esconderte de las obligaciones de la vida.

No te engañes amigo mío,

que de Dios y la conciencia esconderse jamás se puede.  


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Añoro

Añoro los días de inocencia perdida, días de fe y esperanza, de velas, incienso y misa.

Cuando todo por voluntad de Dios se hacía y el mundo de oraciones y promesas vivía.


Los sábados por la tarde nuestros pecados confesando, el domingo a nuestro Señor en misa recibiendo.


Días de idioma sagrado y de monaguillos vestidos de largo, ayudando a celebrar la misa del gallo.


Tiempos cuando la confianza en la iglesia y el cura formaban parte de nuestra fe, esperanza, religión y cultura.


Días antes que la vida, con sus teorías, mentiras y desconfianzas, nos robara nuestras almas enteras.